Sueños de bolsillo

¿Cuántos grandes amores puedes tener en la vida? Cada mañana me levanto con la eterna pregunta: ¿es acaso que conforme el tiempo avanza nos es más difícil encontrar una respuesta clara que nos consuele? A lo largo de mi vida me he enfrentado a esta pregunta, más de una vez y por extraño que parezca, la respuesta parece ser siempre la misma.

Nos gusta delimitarnos por números y conceptos pragmáticos que nos den seguridad. Si preguntas a alguien por sus amores seguramente responderá por aquellos seres que llenaron un instante romántico. Otro quizá te contará cómo ama cada una de las ramas de su árbol genealógico y otro más te hablará de sus miles de ideas amadas. Todos delimitados por abstractos.

Yo no cuento mis amores como los demás. Para mí cada momento que entrelaza la enorme trenza llamada vida es un momento para amar. Tengo presente cada uno de mis amores como si fueran cuadros colgados de las paredes de mi habitación, vivos, ardientes, llenos de mí. En eso radican mis amores, en ser reflejos de mi vida, en que cada uno me conforma y me llena, me hacen ser.

Amo sin lugar a dudas mi casita de cartón. Ese refugio donde mis sueños se hicieron realidad más de una vez y en más de una forma. El sitio perfecto donde mis fantasías se volvían realidad con tan sólo abrir la pequeña puerta que separaba mi realidad de mis sueños. Amo cada uno de los recuerdos agridulces que se mezclaron con las fantasías de mi primera infancia, en ese refugio conglomerado de paciencia y amor maternal que acarició más de una vez las estrellas.

En cada una de las etapas de mi vida hay rincones secretos que amo. Una azotea llena de ladrillos tiene la misma importancia que un paseo por el Sena. Mirar las aguas de Pátzcuaro tiene la misma belleza que contemplar las aguas del Atlántico. No puedo, ni deseo, restar amor a cada pequeño instante que conforma mi historia, en cualquiera de sus formas y sus muchas interpretaciones.

Por supuesto que amo mis desventuras. Esos momentos en que más de una vez y en más de una forma, algún ser intentó matar mis sueños. Amo esas historias porque me marcaron como hierro caliente y la cicatriz me ayuda a alimentar mis pasiones. Cada desaprobación y burla se volvieron alicientes que me llevaron a seguir luchando por las cosas que amo. Cada vez que alguien se ría de mis sueños, alimentará mi deseo de aferrarme a ellos.

Conforme pasa el tiempo también he aprendido a amar a mis semejantes. Esos seres imperfectos y llenos de vida que te regalan, en ocasiones sin quererlo y otras con intención, pedazos de ternura, emoción, dolor y tristeza. En los ojos de los demás que he aprendido a mirar la vida como caleidoscopio. Una tarde de lluvia adquiere la belleza de una obra maestra y la nostalgia de un amor perdido. Resulta mágico que, a través de la mirada, una persona pueda transmitirlo todo.

Así, puedo decir que tienes amores en la vida, como segundos que acumulan en tu cuenta. No podría entender la vida de otra forma. Creas en algo o no, lo único seguro que tienes es el instante en que respiras, un segundo en que las promesas se arremeten unas contra otras para hacerte crecer. Ese momento de magia en que el roce con un extraño te recuerda el abrazo de un amigo o el dolor de la muerte.

No pretendo contar los amores de mi vida como grandes o pequeños, porque sería absurdo afirmar que hay una estrella más hermosa que otra. En cambio, puedo decir que todo lo vivido, lo soñado y lo sufrido, me llevan día con día a creer que existen en el mundo otros seres, que como yo, aún no encasillan sus amores a su ser y lo aman todo, al comprobar que todo es un milagro.

Y de milagro en milagro se me llena la vida. Con amores y desamores, con deseos y desilusiones; con sueños de bolsillo que me acompañan y alientan, me aterran y enfurecen, me hacen sentir más viva.

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