Sin palabras, sin promesas

Dicen que agitaste tu mano con fuerza para decir adiós. Mientras mirábamos desaparecer tu silueta por aquella puerta, con ojos llenos de lágrimas, mi mente recordaba cada instante a tu lado. Aún percibo la loción que usabas cuando te conocí, tu camisa de rayas y tus millones de historias fantásticas. Todavía puedo recordar el instante preciso en que mis ojos miraron los tuyos.

De pronto te encontré presente en cada rincón de mi apretado apartamento. No sé cómo entraste y te adueñaste de todas las esquinas de mi mundo. Fuiste justamente tú quien logró que mi pequeño cuadrado se hiciera un gran círculo en el que empezaron a entrar personas y lugares a los que mi imaginación jamás hubiera podido llegar. Cada taza de té que me servías mientras escuchaba la historia de algún corazón roto o sueño realizado, se quedó grabado en mi colcha.

Fue difícil entenderte pero muy sencillo amarte. Fuiste invasivo y terco y de presencia constante. Cuando mi mejor amigo llegó contigo a mi casa, me puse a imaginar el rincón del mundo de donde semejante criatura había salido. Cuando ambos tomaron la decisión de irse lejos a forjar un futuro, sólo podía pensar que mejor compañero de viaje no podían encontrar. No obstante y a pesar de sus deseos de no volver, ambos regresaron.

Entre las miles de promesas que nos hicieron estaba el inútil deseo de ser alguien. Es curioso como en los diferentes rincones del sentimiento humano, el más grande siempre es el deseo de ser. Famoso, osado, íntimo, amado; buscamos adjetivos que definan nuestra existencia para no enfrentarnos al espejo que nos grita en silencio: simplemente atrévete a ser.

A tu regreso no hubo explicaciones. Tocaste un día la puerta con la noticia de que no existía ese alguien a quien buscaste en los rincones de un mundo más allá de ti. Analizar tus acciones no aclararía jamás el porqué de tu regreso. Es curioso, pero no encontraría los motivos de tu ida, aún cuando pasara toda una vida para dilucidarlos y tampoco encontraría el porqué de tu partida.

Así, los días se volvieron meses y los meses años. Hablar de tu viaje se convirtió en un ejercicio para descifrar un caso críptico y sin sentido, que resultó delicioso como el mejor de los vinos o la más intensa partida de ajedrez. Una jugada en falso me llevaría al jaque mate de nuestros encuentros. Yo callé y tú no hablaste.

Anécdotas o historias. Es curioso como la humanidad está llena de momentos que nos negamos a recordar por parecer insignificantes. Sin embargo, ese cúmulo de experiencias y sensaciones se vuelven tesoros que nos llevan a descubrir la respuesta al pasado y los misterios que conforman lo que hoy llamamos historia. Y tu historia se volvió enigma que no traté de solucionar, quizá por respeto, temor, o porque el esperar tu respuesta resultaba una espera deliciosa.

Recuerdo tu mirada inquisidora cuando abrí la puerta y apenas atiné a decir: volviste. Los ojos se nos llenaron de recuerdos y la boca de silencios. Algunas pistas me llevaron a pensar que tus recuerdos le ganaron a tus deseos. ¡Cómo pesa el pasado, cuando dejas que la vida te arrastre! Aunque no escuché, ni escucharé los motivos que te llevaron a buscar más allá de las fronteras, tu sonrisa me confesó más de una vez, la tristeza que en tu alma vivió por no poder ser alguien.

Noches enteras he analizado tus motivos para no aceptar que simplemente eras. No entiendo tu problema para aceptarte. Cierto es que no entiendo aún la compleja magnificencia de tu presencia, pero aprendí que cuando convives tanto tiempo con algo, se convierte en una costumbre que deja de maravillarte. Te aprendí tantas cosas. Me ayudaste tantas veces a seguir escribiendo capítulos en mi vida que no entiendo cómo es posible que nunca pudieras ver los que estabas escribiendo a mi lado. En días como hoy me refugio en esos momentos de eterno placer al contemplarte dormir o hablar de las historias maravillosas que no pudieron ser. Dormir ante la insistencia de mis palabras al buscar en tus recuerdos una luz.

Pasaron años que se volvieron tiempo. Nunca volviste a prometerme ni prometerte encontrar el cielo. Quizá solamente un buen día decidiste dejar de intentar y nuevamente te dejaste llevar por la vida. En ocasiones las personas que te desafían y te retan a intentar, son las mismas que se niegan a intentarlo. En ocasiones, mi pensamiento se dejó convencer de que eras el motor de mis búsquedas incansables, pero nunca volverías a comenzar las tuyas.

Entre las muchas cosas que me obligaste a hacer, estuvo el encontrar el significado del yo. ¿Cuántas noches pasamos disertando sobre la inmensa gama de posibilidades que esa palabra nos daba? Lo mejor de todo es que con tus palabras me orillaste a darle sentido a mi vida. Tantas preguntas que entre tus labios se deslizaban sólo para hacerme recordar que dentro de mí hay una llama que arde. Fue en ese tiempo que pude dedicarme a esas pequeñas rarezas que me hacen ser tan yo. Yo, una palabra de dos letras que hoy puedo pronunciar sin temor gracias a ti y la incesante búsqueda que emprendiste conmigo.

No sé qué fascinación extraña te hizo creer que yo era tu proyecto personal, pero lo agradezco. Dejé de verme como la insignificante sombra que se pierde entre la multitud para contemplar la hermosura de mi imperfección. Aunque debo reconocer que cualquiera, a tu lado, brillaba como sol, a mí me hacías destellar. Jamás me dejaste opacar y aunque sabías que ya para ese entonces mi corazón se confundía con sentimientos por ti, no permitiste que la complejidad de enamorarse del amor nos atrapara en las redes de la infatuación, y salimos a flote sin pérdidas que lamentar.

Tu extraña presencia me enseñó a seguir mis instintos, y fueron justo ellos los que me llevaron lejos de ti. El día que decidí comenzar mi viaje; recuerdo tu inexpresiva despedida. Por un momento pensé que era sólo el que ya no te necesitaba más, lo que te hacía ser tan frío a mi partida. Mi corazón se partió, una parte se quedó contigo y la otra se fue sin ti. Recorrí largos caminos y en cada paso, alguna de las cosas que me enseñaste se volvía indispensable. Cada nuevo reto, cada nueva herida me recordaban que debía seguir porque lo importante es no quedarse en el camino. Cada pequeño detalle, cada sonido, cada imagen me hacían volver a ti, a tus enseñanzas, a tu camino que se cruzó en el mío la tarde que mi amigo te introdujo a mi vida.

Fue una tarde de tantas que recibí esa llamada que me hizo volver. Dicen que agitaste tu mano con mucha fuerza para decir adiós. Mientras dabas el último suspiro, pediste que me recordaran que una parte de tu corazón se fue conmigo y la otra se quedó sin mí. No sé porque los ángeles del cielo en ocasiones tocan la tierra, pero sé que efectos causan.

Dicen que agitaste tu mano con mucha fuerza para decir adiós. ¿De qué otra forma podía ser?

Comments
One Response to “Sin palabras, sin promesas”
  1. Luis Ramirez dice:

    Excelente, removiste sentimientos, recuerdos y una que otra lagrima rodó.

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